SALÍ




Si ahora llegas a mi barrio por cualquiera de sus entradas, solo ves parques, bellos jardines, fuentes y puedes pensar que siempre ha sido así. Pero la verdad es que mi barrio poco tiene que ver a como era hace 40 años. Por entonces era un barrio pobre, mucho mas de lo que es ahora situado en el extremo mas extremo de Madrid, después de mi barrio solo se abrían campos, campos de cereales, campos por donde pastaban ovejas, campos pobres, sin árboles, helados en invierno y requemados en verano. Pero no creías que antes de llegar ami barrio había algo mas, no, solo montones de montículos formados por cascotes y escombros de la multitud de pisos que entonces se construían. Escombros por los que jugábamos los niños de entonces, ante el temor de nuestras madres, escombros que para nosotros escondían verdaderos tesoros. Ahora recordando me pregunto de donde salían y que contendrían aquellos tubos de ensayo y probetas que solíamos encontrarnos en nuestros juegos. Nada que ver nuestros juegos de entonces que hacíamos entre hierros herrumbrosos y cristales rotos con los que hacen los niños de mi barrio ahora, en sus zonas infantiles, llenas de columpios pedagógica y físicamente apropiados para su edad y bajo la atenta mirada de sus padres.

Nuestro campo de deportes, era un descampado, donde habíamos colocado 4 piedras que hacían la función de porterías. Allí a la salida del colegio y dejando las carteras todas juntas a un lado, en una mezcla de edades jugábamos todos contra todos, allí nos caíamos y nos heríamos las rodillas, allí teníamos que cruzar la carretera después de que un chut se nos fuese desviado, en ese campo discutíamos si el balón había entrado entre las piedras o no. Era aquél campo, nuestro campo polideportivo, ya que a parte del futbol, allí se jugaba al otro único deporte que no necesita de unas instalaciones o unos requisitos especiales. Un palo, una pelota de tenis y unos conocimientos básicos de las reglas nos permitían jugar al béisbol o a lo que nosotros creíamos que era béisbol. Estos recuerdos me asaltan cada vez que con mi cuñado y mis amigos, nos vamos a alguna de las decenas de canchas multideportivas que ahora pueblan el barrio, canchas de baloncesto, de futbol sala, de voley, de patinaje, circuitos para hacer ciclismo, circuitos para correr, áreas deportivas para la tercera edad, campos de futbol con hierba artificial, mesas para jugar al tenis de mesa, polideportivos públicos con piscinas cubiertas y que ofrecen todo tipo de especialidades deportivas al alcance de todos.

Descampados con ratas, campos de futbol llenos de baches. Visto así, no era mucho pero nosotros éramos felices. Quizás nuestros padres no tanto, puesto que, cada vez que caíamos enfermos nos teníamos que trasladar al barrio vecino para que el medico de la seguridad social nos atendiese. En nuestro barrio no había consultorios, ni centros de especialidades, únicamente consultas de médicos privados. Consultas que como máxima dotación tenían era un aparato de rayos x, que permitía descartar alguna rotura o enfermedad pulmonar grave. Ahora es tan sencillo como trasladarse a alguno de los 4 centros de atención primaria públicos y solicitar hora para la consulta. Centros dotados de todas las especialidades, pensados y diseñados para evitar que la gente deba acudir a los grandes hospitales salvo que sea estrictamente necesario.

Pero si en algo ha cambiado de verdad mi barrio es en la educación. Ahora somos un barrio universitario, el viejo cuartel que marco como pocas cosas el crecimiento y el desarrollo del barrio fue reconvertido hace unos años ya en un campus universitario de una universidad publica. Ahora puedes hacer toda tu educación desde la guardería hasta graduarte en una carrera sin salir del barrio. Hay guarderías, colegios de primaria e institutos, todos ellos públicos y que están dotados de laboratorios de ciencias, de salas de informática, de medios audiovisuales, de zonas deportivas, con laboratorios de idiomas, con calefacción para el invierno, con profesores titulados y formados en cada materia que imparten. Colegios e institutos donde van hijos de españoles e hijos de inmigrantes. Colegios que permiten que los padres puedan dar una educación digna y gratuita a sus hijos. Colegios e institutos que miro con envidia, porque cuando yo estudiaba en mi barrio no existían, no había colegios ni institutos públicos, lo único que había era unos colegios privados, con profesores mal formados y peor pagados, sin ningún tipo de instalación, donde pasábamos frío en invierno y calor en verano, donde el gimnasio era un potro puesto en mitad del patio, colegios a los que nuestros padres nos enviaban haciendo un gran sacrificio económico a pesar de que los colegios no eran ni podían ser caros. Sacrificio que aumentaba al acabar primaria y querías seguir estudiando ya que entonces debías ir a un instituto de alguno de los barrios vecinos, cosa que te permitía en el largo trayecto de autobús hacerte con una pandilla con amigos del barrio que iban al mismo lejano instituto. Todos esos colegios con el tiempo desaparecieron y como digo fueron sustituidos por colegios e institutos públicos.

Es por todo esto y a pesar de no tener hijos, que ayer salí por las calles de mi barrio en manifestación en defensa de la educación pública. Salí a manifestarme que con mis impuestos se financien escuelas privadas, mientras se le niegan los fondos más básicos a la escuela publica. Salí porque no quiero que los niños de ahora estén en clases hacinados como estábamos nosotros. Salí porque no quiero que el profe de matemáticas sea también el de naturales como era mi caso. Salí porque quiero que los institutos sigan teniendo un laboratorio de ciencias y no tengas que llevar de tu casa un poco de alcohol el dia que al profesor se le ocurría hacer un experimento. Salí porque quiero que los profesores estén bien pagados y puedan dedicar su tiempo a preparar bien las clases que deban dar y no a que tengan que dedicarse a ser camareros por las noches para sobrevivir como ocurría con alguna de mis maestras. Salí porque creo que la educación es la base de la verdadera igualdad, porque no creo que la educación, al igual que la sanidad, deba ser un negocio. Salí porque quiero que los niños puedan estudiar y recibir una educación digna en un colegio donde se mezclen con niños de otros colores, de otros países de otras religiones y culturas y no en uno que sea un “gettho” donde solo vean niños blancos con una educación elitista.

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