LA NOSTALGIA DE LA MEMORIA I

Los primeros rayos de sol otoñal que entraron por los cristales del balcón, la encontraron sentada en la cama, terminando de vestirse. A su edad, en ese día cumplía 70 años, y con su reuma, no era fácil abrocharse los botones del vestido.

Al terminar y después de peinarse y mirar el resultado en el gran espejo que cubría una de las puertas del armario, se acerco al balcón y tras abrigarse, abrió la puerta y salió a la pequeña terraza. Los sonidos de la ciudad, aun escasos a esas horas, llegaron hasta ella. Sonidos que no recordaba, en un idioma que había olvidado o quizás nunca aprendió, sonidos de una ciudad bulliciosa, alegre, muy lejos de la ciudad triste y muda que ella recordaba o creía recordar. Levanto la mirada y la fijo en el horizonte con la esperanza de que al menos, el perfil de la ciudad se asemejase al que ella tenia en su mente. Vio los modernos rascacielos que la deslumbraron, vio edificios que en su memoria estaban en otro lugar, en otra posición, algunos eran mas altos de lo que ella recordaba y otros sencillamente ya no estaban o ella era incapaz de localizarlos, busco con la mirada antiguos puntos de referencia pero no los encontró. Estaba desorientada. Pero no era la primera vez que le ocurría. Ayer, cuando con sus nietos de vuelta del aeropuerto donde habían ido a buscarla recorría en coche la ciudad, intentaba unir los nombres de las calles por las que transitaban con sus recuerdos y no lo conseguía, eran nombres que no le decían nada, aquellas avenidas no casaban con su mapa mental, los edificios no estaban donde debían estar, algunos sencillamente habían desaparecido con el paso de los tiempos, y otros su recuerdo los había desplazado de lugar o simplemente algunos otros nunca habían existido. Cuando por fin estuvo segura de por donde circulaba, cuando por fin recorrieron las calles en las que había corrido de pequeña, no se encontró mucho más segura. Busco las tiendas que tan bien recordaba: el estanco, la lechería de la señora Antonia, “Casa Julian” , el puesto de pipas, fue inútil, nada de lo que ella recordaba existía ya.

Y cuando ese mismo día, por la tarde, después de descansar del viaje, salió sola, a reencontrase consigo misma, como le dijo a sus nietos, la cosa no fue mejor. Ahora la esquina donde había estado la mercería de doña Angustias era la sucursal de un banco americano, y la churrería que según ella recordaba estaba en mitad de la calle y donde tantos domingos había acompañado a su padre a comprar el desayuno, era una tienda que sus nietos le habían dicho que se decía de “chinos”. Ni se le ocurrió buscar la fuente que había nada mas salir de su casa, en el mismo edificio en que ahora vivía su nieto mayor, aunque un piso mas arriba, que ya le habían comentado la mujer de su nieto que hace años que el ayuntamiento la había primero cegado y luego quitado para poner un parterre de flores, que ahora ya pasado el verano lucían secas y sin vida.

Tampoco le ayudaba el que la antigua calle tranquila, casi sin tráfico, donde los niños jugaban sin miedo, y donde los coches eran aún un acontecimiento ahora estuviese llena de vehículos aparcados a ambos lados de la calzada, y donde no solo los niños si no ella misma tenía que asegurarse muy bien antes de cruzar por el semáforo. Esa tarde mientras volvía a casa después de paseo, decidió mirar los rostros de los ancianos con los que se cruzaba, de la gente de su edad, con la esperanza de reconocer en alguno de ellos los rasgos de sus amigos de juventud. Una o dos veces creyó reconocer una cara, un gesto y un nombre vino a su memoria. Pero desistió de entablar conversación. Habían pasado muchos años y ya nada les unía, solo el recuerdo de una juventud ya muy lejana

El grito de unos niños abajo en la plaza, la saco de sus pensamientos, respiro el fresco aire matutino y miro de nuevo el horizonte, buscándolo desesperadamente, lo único de la ciudad, se decía a si misma, que no podía haber cambiado, que tenia que estar en el mismo sitio que ella recordaba. Y esta vez si, esta vez acertó. El puerto seguía estando donde siempre.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
es muy triste, pero...real.
quizás algún día olvidaremos lo vivido, ni nos reconoceremos a nosotros mismos!
lunanegra ha dicho que…
Es ley de vida, cambiar.nada permanece en el mismo lugar, ni siquiera en la memoria..
Muy bonito, me encantará leer la continuación.
JCM_MAD ha dicho que…
Si, aunque realmente hay que distinguir entre la falta de memoria producida por la enfermedad y la traición de la memoria. Siempre me ha llamado la atención esos recuerdos que tenemos y realmente no sabemos si los tenemos, los hemos creado, o nos han sido inducidos, además de que la memoria siempre dulcifica las sensaciones.

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