TRANVIA


Una de las historias recurrentes de mi padre, es cuando nos cuenta como en su niñez se subía en los topes del tranvía, como mis abuelos le regañaban, ya que se podía caer y romperse una pierna o algo peor. Cuando cuenta estas historias, su voz vibra y como nos pasa a todos cunado recordamos alguna cosa que nos causo placer, sus ojos se iluminan y realmente revive aquel momento de su niñez.

Yo tengo que decir que nací en una ciudad de tranvías agonizantes, solo quedaban un par de líneas y ninguna pasaba por la zona donde habitualmente nos movíamos, y desaparecieron cuando yo tenia pocos años. Así que los únicos tranvías que conocí de pequeño fueron los que salían en películas y documentales. Y aunque parezca extraño crecí con el anhelo de montarme en uno de esos vehículos.

Tuve que esperar bastantes años hasta que conseguí cumplir mi sueño, y fue en para mi la mágica ciudad de Estambul. No era unos vehículos como los que yo había imaginado, pequeños con banco de madera y dos puertas una al principio y otra al final del coche, sino todo lo contrario, vehículos dobles, con asientos de plástico, múltiples puertas por donde subíamos y bajábamos los viajeros, lo único que si respondía a mi imaginario particular era la campanilla, con la que pedía paso y se hacia anunciar. Pero se movía por raíles y por medio de electricidad. Aquello aunque alejado de mi ideal sin lugar a dudas era un tranvía

No tuve que esperar mucho tiempo para esta vez si, subirme a lo que yo consideraba que tenía que ser un tranvía, Fue en la fría y no solo por el tiempo, ciudad de Helsinki. Recuerdo que era el tranvía numero 13 y nos llevaba desde nuestro hotel hasta lo que podía ser considerado como el centro de la capital, de allí y tras un pequeño paseo, veías la catedral, el puerto, la catedral ortodoxa. Eran los de Helsinki, tranvías blancos o quizás amarillos, más bien pequeños, con un foco en la parte delantera del vehiculo siempre encendido y que hacían, lo que con el paso de los años descubrí que era el sonido típico de los motores eléctricos. Y aunque como he dicho no es el primer tranvía al que me subí en mi vida, si fue el primero que cumplía la idea que yo tenia decoro tenia que ser .

La siguiente ciudad donde pude subir en este transporte público, fue en la ciudad rusa de San Petersburgo. Si, aquí también coincidían con mí idea, pero lo que o estaba a nivel era el estado de conservación, coches viejísimos, mal conservados, con los laterales corroídos por la humedad y por los cuales si estabas dentro podías ver la calle y si estabas fuera podías observar los pies de los viajeros, que se paraban a cada rato, por que el poco mantenimiento del sistema eléctrico hacia que hubiese zonas con caídas de tensión. Eran al igual que la ciudad la imagen misma de la decrepitud. Entendedme bien. San Petersburgo es una ciudad preciosa, llena de preciosos embarcaderos, bellos palacios, e imponentes edificios pero es pura fachada, en cuanto salas de las calles principales o mirabas en el interior de los patios de las casas, descubrías que aquello era pura fachada.

Para cualquier amante de los tranvías, Holanda es un sueño, y Ámsterdam su meca, decenas de líneas que van a los mas diversos lugares, tranvías modernos, articulados, muy agradables y multicolores aunque algo caro. Eso si reconozcámoslo ellos y los tranvías son un verdadero problema de tráfico. Fue allí, en Ámsterdam donde vi por primera vez señales de tráfico que avisan del peligro de morir atropellado por un tranvía, son los reyes y lo saben. Para una persona que viene de una ciudad donde los coches y autobuses son su enemigo natural, es realmente difícil acostumbrarse a mirar como enemigos a tranvías y bicicletas, pero realmente lo son.

Pero si Ámsterdam es la meca, Lisboa es el Shangri-la de los amantes de este tipo de vehículos. No solo son una forma rápida y eficaz de moverse por las calles de la ciudad, sino una verdadera atracción turística. Su color amarillo es parte integrante de cualquier recuerdo que tengamos de Lisboa. En la ciudad conviven el vehiculo moderno, silencio y rápido que lleva a los puntos mas alejados, con los tranvías de madera de toda la vida pequeños y nostálgicos como el mítico tranvía 28 , que nos lleva hasta la Se – la catedral- y el Castelo de San Jorge. En su camino, no hace más que repiquetear la alarma, para avisar a los peatones despistados. Su interior es íntegramente de madera, sus ventanas, generalmente encajadas a media altura son una invitación para que los niños lisboetas, tiren globos llenos de agua al interior de los mismos, empapando a los viajeros mayormente turistas. Y aunque no son propiamente tranvías como no dedicarle aunque sea una línea a los elevadores y funiculares de la ciudad que hacen mucho mas fácil y cómoda la ascensión a alguna de las colinas sobre las que se asienta la ciudad.

Para acabar dos pequeños recordatorios, al tranvía que en Lima en el barrio de Barranco al lado de la plaza y frente al museo de la electricidad, esta parado, dispuesto para la marcha esperando salir para hacer un viaje a ninguna parte, ya que sus vías acaban 10 metros mas allá, y al tranvía 477 que hay expuesto en el vestíbulo de la estación de Pinar de Chamartín de la línea 1 del metro de Madrid que recuerda a los antiguos tranvías que unían este punto de la ciudad con el centro de la ciudad

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