CAMPEONES



Todos tenemos la imagen en mente. Es el mayor espectáculo que se puede concebir actualmente. Cada cuatro años, en un país y continente distinto de la última vez, se celebran los juegos olímpicos. Se compite  en decenas de pruebas, en natación, en atletismo, en pruebas individuales o de equipos. El final siempre es el mismo, tras celebrarse el concurso, tres atletas se dirigen al podio y cuando una voz desde la megafonía les nombra, suben al escalón que les corresponde según su posición final donde reciben un diploma, un ramo de flores, quizás el peluche que corresponde a la mascota oficial de los juegos y claro su medalla. A continuación se ponen firmes para asistir al izado de la bandera las banderas, mientras suena el himno correspondiente al país del ganador.

Normalmente en estos momentos el estadio ruge, las multitudes aplauden enloquecidas, vitorean al ganador o gritan sincopadamente el nombre del país. La tele enfoca el rostro del atleta para buscar en el, las señales de la emoción al saberse elegido para la inmortalidad.

Pero detrás de estos atletas y otros muchos como ellos que compiten con genuinas oportunidades de ganar hay otros, los menos quizás, los desheredados casi siempre provenientes de países pobres y que normalmente llegan a los juegos olímpicos gracias a que el Comité olímpico les paga la estancia y les provee de material ya que ni por marcas, ni por medios podrían acceder nunca al sueño olímpico. Seguro que recordáis a Musambanni aquel nadador de Guinea Ecuatorial que, aprendió a nadar solo unos meses antes de la cita olímpica, que se entrenaba en la pequeña piscina de un hotel y que su mayor logro olímpico fue no ahogarse en la piscina de competición. Seguro que si lo recordáis ya que durante unos breves minutos,  salio en todas las televisiones, nadando o más bien braceando mientras intentaba cubrir la distancia de 50 metros y la gente que estaba en el pabellón le aplaudía el esfuerzo o eso queremos creer. ¿Alguien le recuerda ahora? ¿Sabemos que fue de el?

Un caso parecido fue en las olimpiadas de Pekín la atleta somalí Samia Yusuf Omar. Una atleta de 17 años y que si hacemos memoria la recordaremos aún corriendo cuando las ganadoras de su serie ya estaban en la ducha y cambiándose de ropa Quizás cuando la vimos en la tele, supusimos que al igual que el atleta guineano, solo seria un ínfimo y olvidable recuerdo olímpico. Pero a diferencia del nadador ella volvió a ser noticia un par de años mas tarde. Pero no fue batiendo un record en un mitin atlético de esos que proliferan en Europa y EEUU y que permiten a los atletas ganarse la vida,  ni ganado su prueba en los campeonatos africanos, ni siquiera fue en el bloque de deportes de las televisiones.  Fue en el bloque de sucesos, ya que su cuerpo había aparecido ahogado en una playa de la isla de Lampedusa al  hundirse la embarcación en la que estaba intentando llegar al dorado europeo.

Tuve la oportunidad de ver el pasado Agosto en el Matadero de Madrid y dentro del festival Fringe, la obra de teatro titulada La increíble historia de la chica que llegó la última  que narra la aventura de esta mujer desde su llegada a una destrozada ciudad de  Mogadiscio hasta su posterior ahogamientos. Vemos las dificultades que se encuentra al entrenar sin medios más allá de su talento y sus ganas, en una ciudad dividida y ocupada por 100 milicias distintas, cada una de ellas más fanática y retrograda. Vemos  como sus  ganas de progreso se estrellan ante el hambre que padece y que le hace comerse cada dia una o dos hojas del libro rojo de Mao que se trajo de china  o el tener que cuidar de sus hermanos mas pequeños, vemos como afronta con valentía y entereza los riesgos de un viaje donde la muerte no es lo excepcional si no la norma. Ya que si no es a manos de los bandidos, será debida a la sed del desierto y si no alguna bala perdida de una guerra desconocida en algún país olvidado, para acabar muerta mecida por las olas en una playa.

Es una historia dura, no puede ser de otra forma pero tratada bajo un prisma de humor. Pero no ese tipo de humor que nos permite reírnos con la conciencia tranquila, si no con ese otro que te hiela la sonrisa en la boca y que te hace plantearte si toda esta sociedad en la que vivimos y nosotros afortunados disfrutamos merece la pena o mas bien deberíamos replantearla desde abajo.

Y a que viene todo esto os diréis, pues viene a que la obra se repone a partir de mañana día 12  de Diciembre y hasta el día 21 en la sala La Cuarta Pared. Por lo que he podido ver, el reparto es el mismo de la vez anterior y se agradece, ya que la actriz que encarna a la atleta hace un trabajo realmente notable, al igual que el resto del elenco, haciendo una obra como digo muy amena y entretenida. Por otro lado el soberbio trabajo de dirección hace que nos sintamos identificados con la atleta, que no nos quedemos solamente en la anécdota y deseemos acompañar a Samia en su viaje. Que queramos ver que pasa, que nos pasa  a continuación

La obra ha sido escrita y no es un detalle menor por mi amiga C.G, esa brasileña afincada en Madrid y que aporta a todo lo que escribe una mirada distinta, fresca y alegre pero no por ello  dejar de hacer notar los sinsentidos y los contradicciones de nuestra sociedad    
 









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