Recuerdos Neoyorquinos


Paseamos por la ciudad y estamos frente al conocido como flat building o Flatiron, en un parquecillo donde todos los jueves se celebra un mercadillo de productos agroecológicos, curioseamos, hay cervezas artesanas, quesos, frutas y carnes. Compramos un bote de sirope de Arce y unas manzanas. De pronto un estruendo nos sorprende, por la calle empiezan a desfilar  personas vestidas de blanco y rojo. Miramos los carteles son los falung gong y protestan contra su persecución por parte del gobierno chino. A continuación empeizan a desfilar y nunca mejor dicho, gente vestida de milita. Nos enteramos que es el día del veterano, y cientos de ellos pasan ante nuestros ojos. El desfile termina tan sorpresivamente como comenzó. Vagabundeamos un poco mas por las calles, de repente vemos una camioneta blanca con un ataúd en la caja. Una gran pancarta colgada de los laterales dice que el hombre va a buscar el cuerpo de su hijo muerto en Irak.
Es nuestra tercera noche en la ciudad y de nuevo vamos al bar que se ha convertido en tan poco tiempo en  favorito, el sitio se llama The Fence, es un local situado en una esquina cerca del comienzo del barrio chino, no sabemos muy bien porque nos ha gustado, quizás sea por los conciertos que hemos disfrutado des nuestra primera vez, grupos de rock sucio, sonido potente metálico, quizás sea que la cerveza esta buena y no es cara, no sabemos pero el camarero nos ve y sin preguntarnos nos pone dos cervezas delante nuestro. El grupo de hoy no nos gusta especialmente, tomamos un par de cervezas mas y salimos del local,  andamos por una calle tranquila, de edificios de ladrillo con escaleras rematadas por barandillas que legan hasta la acera. Entre dos edificios descubrimos un pequeño huerto urbano, lo miramos durante un instante y después seguimos nuestro camino.
La neblina y la lluvia, altera el paisaje de grandes edificios dotándoles de una apariencia irreal, están ahí, al fondo pero parecen no estar. Son reales, inmensos pero a la vez parecen eteros hechos de hilos de neblina. Hemos salido de Boston a las 5 de la mañana y a las 9 el tren, no podía ser otro que Amtrack, después de un camino cruzando preciosos bosques de arces y pueblitos que parecen sacados de una película, llega al gran puente que cruza el rio Hudson. Un rio ancho, muy ancho, de aguas grises que parecen más grises aun bajo la lluvia otoñal. Poco después el trayecto termina en la Gran estación central.
Nos introducimos en la parada de metro más cercana a nuestro hotel. Queremos ir a Brooklyn, al otro lado del famoso puente a ver una amiga que vive allí. Sabemos que tenemos que coger la línea ‘A’ que  nos lleva directo a nuestro destino. Esperamos en el andén la llegada de nuestro tren, por delante nuestro pasan trenes exprés que solo paran en determinadas paradas, pasan trenes de otras líneas con horarios o frecuencias extrañas, por ejemplo solo funcionan de 8 a 11 o solo circulan los martes y los jueves. Nos subimos a nuestro coche, recordar que en el metro al igual que en los trenes, las personas van en coche y los paquetes y animales van en vagones. Es metálico y pese al imaginario no está lleno de pintadas. Al cabo de unos 45 minutos llegamos a nuestro destino. Al salir a la calle parece que nos hemos trasladado a otro país, no solo todos los carteles y todos los anuncios están en  un idioma que parece búlgaro o similar, sino que la gente y las casas parecen de otra ciudad. Llegamos a casa de nuestra amiga, nos confirma que efectivamente el barrio tiene mucha emigración de los países del este. Después de un rato de charla y un café, nos despedimos y volvemos al centro, donde tenemos el hotel. Antes nos bajamos en el icónico puente de Brooklyn y lo cruzamos andando. Un saxofonista toca una melodía, con lo rascacielos al fondo.

Según informa un panel en la terminal de ferrys con destino a state island , estamos en alerta naranja de riesgo terrorista, no tengo muy claro si eso es mucho o poco, la gente a nuestro alrededor sigue con su vida, indiferente. Al poco el barco se acerca hasta el muelle y por medio de unas grandes maromas que se sujetan atraca cerca de nosotros, se abren las grandes puertas y sales decenas de vehículos y personas. Al poco los empleados abren las puertas de nuestro terminal y acedemos al barco. Subimos a la cubierta mas alta del barco y nos sentamos en los bancos al aire libre. Hace un día precioso, las gaviotas revolotean recortándose contra el cielo azul. Al poco con un par de bramidos el barco anuncia su partida. Hemos elegido este ferry porque es el que ofrece mejore vistas de  la estatua de la libertad y de la isla de Ellis, sin tener que coger alguno de los ferrys turísticos. Efectivamente el viaje no defrauda, pasamos a los mismos pies de Miss Liberty, también tenemos una nítida visión de los barracones donde se hacinaban los emigrantes recién llegados esperando que les diesen permiso para entrar en su nuevo país.

Lo reconozco, me siento un poco como Paco Martinez Soria, en la “ciudad no es para mi”. No hago más que mirar hacia arriba asombrándome de la altura de los edificios,. No solo son los rascacielos más conocidos de la ciudad sino que cualquier edificio supera con holgura los cien metros de altura, todos los edificios se diferencias de los demás, ya sea por un detalle arquitectónico, ya sea por las banderas que adornan muchas de las fachadas, ya sea por la forma de sus ventanas. Esta anocheciendo y desde unas cuarto manzanas antes se vislumbra Times Square. Más bien lo que se ve es el resplandor que emiten los cientos, los miles de neones y leds que tapan los edificios. Al entrar en la plaza aunque en el cielo no hay un apice de claridad es la luz que emiten los cientos de anuncios luminosos es deslumbrante. Todos tenemos la imagen de la plaza en nuestra mente.  El cartel que emite noticas ininterrumpidamente, también hay otro del cuerpo de marines, buscando que te alistes. Otros en la pared de enfrente anuncian estrenos teatrales o de cine. Mas alla en otro edificio la marca Nike anuncia el lanzamiento de su ultima novedad en calzado deportivo. Giramos y nos dirigimos a nuestro destino, al Club B.B. King, concretamente a la sala Lucille. La entrada es gratis, en el bar un camarero negro vestido como si fuera el maestro de ceremonias de un cabaret, nos sirve unas cervezas que surgen de unos grifos en forma de saxo. Al poco la gente empieza a animarse, alguien  pilla una guitarra y se sube al escenario, otro lo hace con un saxo, al dúo se une una mujer que toca el bajo. Pronto disfrutáramos de una jazz sessión memorable, la gente baila. Nosotros les imitamos, pido dos cervezas más. Estamos a seis cuadras de nuestro hotel y la noche es joven….

Nuestro hotel está situado justo en frente del Madison Square Garden. Es el lugar donde juegan los Nicks y epor la noche hay partido, me acerco a las taquillas situadas frente a un luminoso con la figura más reconocible del baloncesto y miro los precios. Una entrada en lo más alto del gallinero con visión limitada cuesta más de 120 $. Obviamente nos quedamos sin ver el partido de baloncesto. Paseando por la quinta avenida, nos damos de bruces con la tienda de la NBA, entramos. Les he prometido a los chicos del equipo llevarles alguna cosa. Miro las camisetas de los jugadores más grandes, las de Jordan, Magic, Kareen están por encima de los 500 $, la de Gasol no baja de 200. Hay de todos, calcetines, pantalones, juguetes. Compro cinco vasitos de chupito con el escudo de alguno de los equipos más míticos de la NBA. En total 20 $.
Estamos en la zona cero, las obras del nuevo rascacielos que sustituirá a las malogradas torres gemelas avanzan con celeridad, miramos a través de las vallas, excavadoras, hormigoneras y una nube de obreros trabajan sin descanso en medio de un ruido infernal, de maquinas cortando, picando, martillando. Nos acercamos al pequeño museo que recuerda a las víctimas del atentado y que está justo pegado a las obras, a la vuelta de una esquina. Nos cobran cinco dólares por entrar a unos pequeños barracones. Nada más entrar nos sentimos timados. No es un museo propiamente dicho, sino  solo unas pocas fotos colocadas de cualquier manera de los edificios ardiendo y desmoronándose y algunos retratos de gente con el rostro cubierto de cenizas. Aun siendo un timo salimos con el alma un poco sobrecogida.

Mas que llover, diluvia, parece como si nunca hubiese llovido, llueve de forma torrencial, bíblicamente, la calle se llena de charcos y hay que tener cuidado para que los vehículos que circulan por la calzada no te empapen. Un chino salido de no se sabe donde vende paraguas a un dólar Le compramos dos. Sigue jarreando como si ni hubiese mañana El día no tiene pinta de mejorar. Decidimos que será nuestro día cultural e ir al MOMA y pasa el día, El autobús nos deja muy cerca del museo. Aun así acabamos con los bajos de los pantalones empapados, Compramos nuestra entrada y con ella nos dan un plástico para guardar nuestro paraguas y que no gotee. Hay colecciones de pintura, de antropología, de escultura, paseamos despacio disfrutamos de Picasso, de Matisse, nos admiramos ante “La persistencia de la memoria” de Dali. Vemos a pintores americanos como Hopper, Jasper Jhons o Pollock, nos sorprendemos ante esa pequeña maravilla que es el “Imperio de las luces” de Magrite. Sin daros cuentas hemos pasado cerca de cuatro horas en sus pasillos. Cuando salimos el aguacero a disminuido, y las nubes exhaustas solo dejan caer unas gotas dispersas. Nos acercamos a un vendedor callejero y compramos unos pretzels que nos sirven de tentempié.
Wall Street, quien no ha oído hablar de la mítica calle desde donde se rigen los destinos del mundo. La verdad uno espera una calle majestuosa pero es más bien pequeña, con el edificio de la bolsa engalanado con una inmensa bandera de las barras y estrellas.  Gente presurosa recorre la calle. Un hombre con un muñeco gigante que representa a una rata protesta contra los usos y abusos de una compañía. Son las doce de la mañana y empiezan a aparecer camiones que ofrecen comida, hay varias especialidades, tacos mexicanos, hamburguesas comida oriental, de los edificios salen hombres y mujeres que hambrientos se dirigen a comprar su almuerzo. Pero lo más significativo está un poco más allá, en una pequeña plazuela, donde se halla el símbolo de Wall Street. Si,  yo también pensaba que sería la escultura que recuerda al dólar pero no, es un Toro, un toro gigantesco, con sus testículos bruñidos. La tradición dice que acariciar las criadillas del animal da suerte. Bueno pensamos, asi que nos acercamos a la escultura y acariciamos al animal en sus partes.

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