ANATOLIA
El autobús avanza traqueteando lentamente por la Anatolia central, el motor tose como si hubiese trabajado en una mina. La carretera recta, mal asfaltada y sin líneas pintadas se extiende interminable hasta difuminarse en unas montañas lejanas. Pese al aire acondicionado, a estas alturas no sé si funciona o solo produce ruido, hace calor dentro del bus. El respaldo, incómodo y medio roto, se me pega en la espalda sudada y al culo. Miro una vez más el paisaje a través de la ventanilla. Es una tierra árida y seca, de colores apagados abrasados por el sol, muy raramente la uniformidad de paisaje se ve rota por la figura de un raquítico almendro que se eleva solitario, no se ven cultivos de ningún tipo, solo tierra yerma y requemada. Pasan las horas, o así me lo parece y el paisaje, es invariablemente monótono. De vez en cuando se recortan contra el paisaje pequeños pueblos. Se les ve pobres y poco prósperos. En todos ellos el edificio más alto y que más sobresale e...