Después de la obligatoria parada en el colmado, regido como no podía ser de otra forma por un mauritano, para comprar unas bebidas, llegamos a nuestro destino y paramos el motor del vehiculo. Mientras esperábamos, T. enciende un cigarrillo y yo mientras echo un trago al refresco, me pongo a mirar distraídamente a través de la luna delantera. Frente a nosotros se extiende un gran descampando, donde una multitud de crios ha improvisado un campo de futbol, unas piedras como en cualquier campo que se precie indican las porterías. Es viernes por la tarde y las clases semanales han acabado, los niños juegan alborozadamente, sin orden, corriendo todos detrás de la pelota. El descampado marca uno de los límites entre la parte más o menos noble de N’dalantando y uno de los “musseques” los barrios más o menos pobres que rodean la ciudad. El barrio se extiende por toda nuestra derecha hasta llenar la pequeña colina de casitas ...