LISBOA III
Como si la ciudad supiese que nos
quedan pocos días de estancia, en
nuestra tercera mañana el día amanece esplendido, como invitándonos a realizar
una de nuestras interminables y agotadoras caminatas por sus calles y barrios.
Lo que no sabe la ciudad es que hoy nos hemos decidido a andar un poco menos.
Así que como siempre una vez hemos terminado de desayunar, salimos del hotel, pero esta vez nuestros pasos en lugar de
enfilar por alguna de las calles, se dirigen a la cercana estación de metro de
“Entrecampos”. Después de un transbordo y en poco más de 20
minutos de viaje salimos a la calle por la estación de “Terreiro do Paco” que justo sale en la conocida “Praça do Comercio”. Tranquilamente, sin prisa, nos dirigimos hacia la parte baja
de Alfama, esa parte del histórico barrio que da a la rivera del rio Tajo y que
actualmente tiene todas sus calles en obras mientras arreglan aceras y paseos,
para ver la “Casa do Bicos” cuya
particularidad es que toda la fachada
esta revestida de piedras labradas en forma de punta de diamantes y que en la actualidad
es la sede de la Fundación Jose Saramago. Tras unos minutos de indecisión,
decidimos que no nos apetece ver el edificio por dentro así que seguimos
nuestro paseo por la rivera con el rio a nuestra derecha, la ciudad a nuestra
izquierda y la interminable obra siempre a nuestros pies. De vez en cuando, en
las sucias paredes de las casas, altas como murallas, se abren estrechos arcos que dan acceso a empinadas escaleras que
permiten ascender a la parte alta del barrio. Nuestro paseo discurre entre
almacenes, de gigantescas puertas de madera descoloridas, abandonados hace
tiempo y que ofrecen sus vacías entrañas a la curiosidad del paseante, oficinas
de importación exportación semivacías cuyos cristales sucios de polvo no impiden
observar el aburrimiento y la desgana de sus escasos trabajadores, tiendas de
artículos de pesca con más pasado que futuro, coquetos cafés de alegres colores
pensados para atraer a los turistas y minúsculas tiendas que exponen sus productos sobre bancos de madera colocados
en la calle, atendidas por ancianos donde se abastecen los vecinos, igualmente ancianos, de toda la vida del barrio.
Pasamos por delante de la
preciosa fachada y admiramos las terrazas del palacete “Chafariz d`el Rey” y un poco
después nos encontramos delante de la nave que alberga el Museo del
Fado, que nos perdone Amália Rodrigues pero no tenemos el cuerpo para
museos, así que sin detenernos proseguimos nuestro paseo, andamos con cuidado
de no tropezar con alguno de los incontables agujeros abiertos en la calle, nos
cruzamos con la iglesia ortodoxa rusa, el
Estado Mayor del Ejército Portugués
y un inmenso edificio que luce en su fachada el titulo de museo militar. El titulo queda realzado por unos, aún hoy, amenazantes cañones antiguos, que hacen guardia a cada lado de la puerta de entrada. Justo enfrente al
otro lado de la calle está el menos impresionante y mucho más pequeño en tamaño que no en interés “Museo
de la criança”. Cerrando la plaza que forman los museos hay un edificio con
pinta de estación o terminal. Hemos llegado al terminal de Santa Apolonia. Atracado en el rio dominándolo todo hay un
inmenso crucero, que empequeñece a todos
los edificios de la zona, museo militar incluido. Los turistas, cual hormigas
de un hormiguero, salen en grupos del
barco y se dirigen a coger alguno de los innumerables taxis de color
negroverdes o blancos que esperan en la
plaza. Nosotros decidimos que no vamos a
ir más lejos, que ya está bien y nos damos la vuelta. El camino de regreso lo
entretenemos introduciéndonos por callejas sin salida que acaban frente a la
puerta de una casa semiderruida y avanzando por callejones tomados por plantas
y arbustos que crecen sin control, mientras que en los muros desconchados y en
las jambas de las ventanas sin cristales de los edificios abandonados crece musgo
y florecillas de múltiples colores. Miramos como los antiguos y con personalidad edificios de esta zona, que contienen o
contenían, quien sabe, las oficinas y almacenes de las aduanas, están siendo remozados y modernizados dándoles
a todos un aire funcional y anónimo, un par de veces nos sobresaltamos ante el agudo
aviso sonoro de la maquinaria de obras que esta apunto de arrollarnos y que incesantemente
recorre la avenida arriba y abajo, llevando cemento, arena, ladrillos o
adoquines para que los obreros, todos ellos de raza negra, rehagan las aceras,
cierren registros, y dejen la calle nuevamente transitable. Al contemplar todo
el barrio en su conjunto una vez más, somos conscientes de que la grandeza de Lisboa es su decadencia.
Un poco antes de llegar de nuevo a
la “Praça
do comercio” entramos en una bar, aunque
quizás fuese mejor decir que entramos en un pijobar. Maderas en las paredes,
suelos y techo, barriles haciendo la
función de mesas, bonitas fotos en las paredes de Oporto y sus típicos rabelos, camareras uniformadas de negro
rigoroso, botellas estratégicamente colocadas, menú escrito en una pizarra. Nos
sentamos en una de las mesas barril, al lado de un ventanal y pedimos dos copas de Oporto. Disfrutamos del
vino tranquilamente, de su intenso aroma, de su delicada dulzura que combina
con cierto punto de amargor. Tanicidad lo llaman los expertos. Una vez
reconfortados salimos de nuevo a la calle y despacio nos dirigimos hacia
nuestro destino. Cruzamos sin prisa la adoquinada y turística plaza en la que unos
empleados están desmontando el gran árbol metálico que aún resistía desde
la pasada navidad en uno de sus laterales,
y donde un hombre ondea una gigantesca bandera portuguesa delante de la estatua
del Rey Jose I, la gente se le acerca y se toma fotos con él, al finalizar le
dan unas monedas. En el pequeño embarcadero que ocupa parte del frontal los
turistas toman el sol sentados en las escaleras y las aguas rompen suavemente
en los desgastados escalones llenos de líquenes, mientras un grupo de negros de
torsos desnudos tocan unos tambores y unas turistas japonesas les hacen algunas
fotos. Nos alejamos de la plaza y tras
dejar pasar el tranvía, el mítico 28, avanzamos por la calle “Ribeira das Naus” entramos a curiosear
en alguno de las comercios que hay en la calle, tiendas de recuerdos, de venta
de latas de sardinas en conserva aliñadas de múltiples formas, de especias, de
suvenires, de bacalao. Al ir a cruzar una calle cuyas aceras, como no podía ser
de otra forma están en obras, Adri se admira al descubrir que cada una de los
pequeños adoquines que componen las aceras lisboetas, es puesto a mano. Nos
quedamos unos minutos observando cómo los obreros realizan siempre la misma
secuencia: alisan la tierra, cogen un adoquín de un inacabable montón, y
golpeando suavemente con un pequeño mazo
lo colocan en su sitio, y vuelta a empezar con otro adoquín
Llegamos al intercambiador de “Cais de Sodré”, nada más cruzar las puertas de entrada un rio de gente nos rodea, unos se dirigen a alguno de los “comboios” que les llevaran a Cascais, Estoril o a las otras poblaciones cercanas, otros presurosos se introducen por la entrada que desciende hasta al metro, algunos los menos siguen nuestra dirección y se dirigen a coger alguno de los múltiples transbordadores que infatigables cruzan el Tajo a todas horas y que unen la ciudad con las ciudades y pueblitos del otro lado del rio. Compramos nuestros billetes y nos sentamos mientras esperamos a que salga nuestro barco. Me dedico a mirar la estación. Hay bares, tiendas de helados y quioscos de prensa y aunque limpia y funcional tiene ese aire un poco decadente que invade todo en Lisboa.
Al poco por la megafonía anuncian
nuestro destino, y el muelle de embarque. Tras cruzar los tornos, subimos al
pequeño transbordador y nos sentamos en una de las bancas corridas y de color
naranja que forman los asientos. El barco no lleva más de seis o siete personas
incluyéndonos a nosotros. Con un grave y sostenido toque de sirena nuestra
embarcación anuncia su salida. Poco a poco nos vamos alejando de la ciudad y
adentrándonos en el estuario. Salimos al exterior y nos apoyamos en la
barandilla mientras observamos como Lisboa se ofrece hermosa a nuestros ojos.
Es curioso como la imagen de la ciudad se extiende a la vez que los edificios se hacen diminutos frente a nuestros ojos según nos alejamos de
ella. No creo que hayan transcurrido cinco minutos de navegación, cuando un
cambio de régimen en el motor del barco, nos anuncia que llegamos a Cacilhas el pequeño pueblo que además de
nuestro destino es fin de trayecto.
Desembarcamos en este bonito
pueblo, de empinadas pero suaves calles, y que es conocido por ser el lugar de origen de las excursiones que suben
hasta la famosa estatua de Cristo Rey,
que se parece muchísimo pero bastante más pequeño al mucho más conocido Corcovado de Rio de
Janeiro. Pero nuestro destino no es subir a ver al Cristo, así que nos damos un
paseo por la calle principal de este
tranquilo y pequeño pueblo, llena
de restaurantes que ofrecen pescado fresco y mariscos a la brasa. Nos paramos
en una librería que también tiene bar o un bar que vende libros. Curioseamos
entre las estanterías, miramos los libros amontonados en ellas, la mayoría son
libros de segunda mano y ninguno de ellos acaba de llamar nuestra atención. Nos
sentamos en una mesita y pedimos dos cervezas. La dueña, una mujer de unos 40
años, delgada y de pelo negro, se sienta a hablar con nosotros, nos comenta que
el negocia no va muy bien, que solo da para ir tirando. Después de un rato de
charla y al terminar nuestra cerveza, pagamos y nos despedimos de la mujer.
Llegamos de nuevo al embarcadero y tras girar a la izquierda nos adentramos por
los muelles.
Es curioso el contraste que
observamos, por un lado y frente a nosotros al otro lado del Tajo, la ciudad se
nos ofrece bellísima a nuestros ojos, sus edificios blancos y amarillos
contrastan vivamente con el azul del rio. Posiblemente desde aquí se tengan las
mejores vistas de la ciudad. Por otro lado a nuestra espalda y solo a unos
pocos metros, se suceden los almacenes hace tiempo abandonados, las fabricas de conservas de techos inexistentes que sirven de hogar a
gaviotas y charranes, los avisos pintados en los muros que avisan de la prohibición
de acercarse a las paredes por peligro de derrumbe, los grafitis que se
muestran en cualquier espacio pidiendo trabajo y exigiendo justicia. De vez en
cuando nos cruzamos con botes hundidos o semihundidos que aún siguen amarrados
por una gruesa maroma a los norays, o con algún pescador que encaramado en
alguno de los bolardos del muelle prueba suerte con su caña.
Son cerca de las dos y media de
la tarde cuando nos dejamos seducir por uno de los captadores de un restaurante
al lado mismo de los muelles. Pedimos una ensalada de pimientos verdes y una
barbacoa de pescado para dos, lo acompañamos con una botella de “vinho verde”.
Cuando llega la barbacoa nos damos cuenta de nuestro error. El camarero coloca
frente a nosotros una inmensa bandeja llena a rebosar con dos lubinas, un par
de caballas, pequeños besugos,
calamares, sardinas, salmonetes, bacalao, langostinos. El desafío es importante
pero nosotros no nos arredramos fácilmente. Para dar cuenta de todo ello no nos
queda más remedio que pedir una segunda
botella de vino. Según van cayendo las
piezas de la bandeja el montón de espinas y restos crece a la misma velocidad
que nuestro apetito se va saciando. Cuando decidimos que ya es suficiente en la
bandeja solo quedan un par de sardinas y
la mitad del trozo de bacalao. Para ser sinceros, el pescado estaba delicioso
pero la cantidad es excesiva. Como no podía ser de otra forma, y para terminar definitivamente de castigar nuestros estómagos pedimos un
postre de la casa y dos cafés. El dueño nos obsequia con un chupito del típico
licor de cerezas lisboeta la ginjinja.
Son casi las cinco de la tarde cuando abandonamos el restaurante y está
empezando a anochecer así que, después
de un corto paseo nos dirigimos nuevamente al terminal del ferry. Al igual que
en el viaje de ida, Lisboa nos muestra
su cara más bella, el sol poniente se refleja sobre las fachadas, blancas,
amarillas o azules de los edificios
conformando una imagen de concurso fotográfico. Al poco llegamos al terminal
del ferry y sin pausa nos introducimos
en el metro para ir al hotel y descansar un rato antes de salir a conocer algo
de la noche lisboeta.
Tras descansar y ducharnos,
salimos en busca de la noche lisboeta y de sus fados. Nos dirigimos en metro a
la zona del Chiado y Barrio Altos. Nos
perdemos entre la masa de turistas que recorren sus calles, miramos,
curioseamos, nos dejamos tentar por la música que sale de los locales. Nos metemos por callejas empinadas y estrechas.
Acabamos entrando en la Tasca do Chico,
un pequeño bar donde se mezcla el pasado y el futuro del fado. Como siempre
ocurre en este lugar está lleno, las mesas abarrotadas y la gente de pie
esperandor. Haciendo un esfuerzo nos acodamos en la barra y pedimos dos
cervezas. Frente a nosotros los camareros se afanan en servir los afamados chorizos
al infierno que hacen justo frente a nuestros ojos, un chorizo cortado, alcohol
de quemar en un infernillo y una cerilla, es todo lo que se necesita. Mientras,
la cantante, una mujer mayor, ajena al ajetreo y al fuego sigue desgranando sus
canciones de melancólicas letras recorriendo el pequeño local, acompañada únicamente
por una guitarra. Cuando termina su actuación y antes de que tome su lugar otra
fadista en este caso una mujer joven, Adri y o decidimos salir del local y
buscar algo más acorde a nuestro ánimo. Pasamos del Chiado a Barrios Altos y
viceversa, subimos y bajamos por calles empedradas, nos ofrecen hachís y nos
prometen copas baratas. Al final acabamos entrando en un local, donde una pareja
chico y chica, ambos muy jóvenes, están terminando de afinar sus guitarras. No
hay nadie más dentro. Es un lugar extraño, los asientos van desde sillones de
barbero a taburetes bajos, en un rincón hay un piano sepultado bajo un mar de
libros y las paredes están llenas de dibujos y grafitis. Pedimos dos jarras de
cerveza. Al poco comienza el concierto, la pareja toca clásicos del rock&
roll y la chica tiene buena voz. Poco a poco el lugar se va llenando, pedimos
una cerveza más mientras disfrutamos de la música. Una hora y pico más tarde el
concierto llega a su fin. Salimos a la calle, hace fresco en esta noche de
enero, andamos buscando otro local donde seguir escuchando música. Descendemos
y volvemos a pasar por la taberna donde sigue habiendo Fado. Entramos en un par
de locales más, escuchamos canciones sueltas de conciertos dados por grupos
desconocidos y nos vamos. Son cerca de las dos de la mañana y nuestro ánimo
comienza a decaer. Al final pasamos por delante de un típico restaurante portugués,
donde nos anuncian que va a empezar el espectáculo de Fado, entramos, el local
está vacío y nos tenemos problema para elegir sitio, instantes después entra un
nutrido grupo de de turistas
norteamericanos. Pedimos algo de picar y disfrutamos del espectáculo de fado que
nos ofrecen un par de abuelillos que se turnan al cantar. Por lo que parece los
cantantes y el dueño del local son familia. Cuando terminan los fados son más allá
de las tres de la mañana. Salimos del local y tranquilamente descendemos hacia
el barrio baixo para poder coger un taxi que nos lleve hasta el hotel. Las calles de Lisboa están vacías a esas horas
y solo nos cruzamos con algún que otro taxi y no tardamos mucho en llegar a nuestro
destino. Saludamos al conserje y muertos
de cansancio nos dirigimos a nuestra habitación.
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