VUELO
Como si me estuviese esperando a mí y únicamente a mí, nada más cruzar las
puertas que automáticamente se cierran detrás mío suena una voz masculina,
amable, con tono educado y entonación correcta que por la megafonía anuncia “Bienvenido
al aeropuerto Adolfo Suarez- Madrid Barajas…”
Me acerco y miro el panel de información, buscando cual es el mostrador de
mi vuelo, tras localizarlo me acerco y paso el primero de los mil controles de
seguridad que desde realmente no sé cuándo, se han implantado en los aeropuertos.
Una mujer vestida de azafata, me solicita el billete unos 10 metros antes de
acercarme al mostrador. Sigo el camino marcado por las cintas y espero a que
alguno de los cinco mostradores quede libre.
-
- Sabes que el
equipaje – me dice el hombre tras teclear en su terminal los datos de mi vuelo-
no te lo puedo facturar hasta el destino. Tienes que cambiar de aeropuerto.
-
- Si, si lo
imaginaba- le contesto con una sonrisa- no hay problemas.
- -
Pues aquí
tienes, tu tarjeta de embarque- me dice
mientras me da el pequeño pedazo de cartón que deberé enseñar no menos de
cuatro veces hasta que llegue a mi destino
Veo como mi maleta, una vez marcada con su código de destino es arrastrada por
la cinta transportadora se aleja de mí. La echo una última mirada preguntándome
como siempre en estos momentos si me reencontrare con ella al llegar a mi
destino.
Paso el primer control, poca cosa, solo enseñar mi tarjeta de embarque que
me permite introducirme en el laberinto de las cintas rojas que marcan el
camino y acercarme a lo realmente serio. Ya en la cola, adelantando
acontecimientos comienzo a desabrocharme las botas y a quitarme el cinturón. Así
que el ultimo par de metros lo hago en calcetines y sujetándome los pantalones
con una mano. Pongo las botas, con las llaves, las monedas y el móvil dentro de
una de ellas, en una bandeja azul, en otra bandeja también azul, pongo el
cinturón y la mochila con la cámara de fotos, a diferencia de otras veces no me
hacen sacar la cámara de la mochila. Arrastro las bandejas por los rodillos hasta que
despacio se introducen en la máquina de rayos X. Paso el arco de seguridad sin ninguna
novedad y ya en el otro lado espero a que mis pertenencias salgan de la
inspección rutinaria a la que son sometidas.
Me calzo nuevamente las botas, y me coloco el cinturón. Tras echa un
vistazo a la tarjeta comienzo a andar tranquilamente buscando mi puerta de
embarque.
“… por favor estén atentos a las pantallas...” dice la voz masculina nuevamente
por la megafonía.
Localizo la puerta y miro la hora en el móvil, estoy sobrado de tiempo, así
que doy una vuelta por la terminal, fijándome a donde se dirigen los vuelos de
las puertas vecinos, me acerco a la cafetería con ánimo de tomar un café, pero
en el último instante me arrepiento, tras pasar por el baño y aburrido de andar
de aquí para allá me siento frente a una televisión donde están retrasmitiendo
un partido de tenis. Está jugando Muguruza, sigo el partido sin mucho interés,
parece que es algún torneo en Asia, y el poco interés que puede tener se pierde
cuando veo que la tenista española se retira lesionada. Me levanto de mi
asiento y nuevamente comienzo a pasear por entre las puertas veinte y cuarenta
de la terminal. Paso por delante del pequeño parque de juegos infantil que en
esos momentos está vacío. Cuando paso por delante de la puerta treinta y seis,
la mía, veo que se está formando una pequeña fila de gente. El letrero de
encima de la puerta anuncia su destino Paris, y la hora de embarque las 13:30.
Miro un reloj que hay colgado del techo son las 13:10, sigo mi paseo hacia la
puerta 40, paso una vez más por delante de la máquina que vende agua y
refrescos. Giro y desando el camino, al llegar delante de mi puerta veo como la
fila ha doblado su tamaño. Displicente me coloco el ultimo, puesto que
enseguida pierdo ya que detrás de mí se van sumando personas a la cola.
-
Necesito una
farmacia- oigo que dice una mujer con
acento cubano y que está justo detrás de mí- me tengo que comprar unas curitas, los pies me
están matando
-
- Acabo de ver
una ahí mismo- le dice su compañera también con acento cubano.
- -
De donde sois
– les pregunta un hombre e mi edad, que eta acompañado de una mujer también en
la cincuentena
-
- De Santiago y
es nuestro primer viaje a Paris- Contestan ellas mientras sueltan una risita
-
- Nosotros
somos de la capital- dice la mujer que acompaña al hombre
-
- Casi nunca
pasamos por la Habana …
De repente me fijo en una oficina de cambio de divisas que hay cerca de la
puerta y recuerdo lo que me comento A. Así que abandono la fila y me acerco al
mostrador. Dentro del mismo hay dos personas un chico y una chica jóvenes que
están charlando entre ellos.
-
- Buenos días
-
- Buenos días –
me contesta la joven sonriendo desde detrás del cristal
- -
Si, quisiera
cambiar 500 Euros a Dólares- le digo
- -
Muy bien. Me
deja du pasaporte o DNI
Rebusco en la cartera y le doy el DNI a la chica que lo coge, lo mira y
levantando los ojos del documento me mira a mí también con extrañeza mientras
me lo devuelve y me dice sin dejar de sonreír que el DNI no vale. Lo recojo y lo miro detenidamente. Al
instante me doy cuenta de que le he dado un DNI antiguo, con los bordes
recortados, que quien sabe porque milagro, o más bien debido a mi falta de
orden, seguía en mi cartera,
- Lo siento la digo mientras rebusco en la cartera el documento correcto. Se
lo tiendo y comienza a anotar algo en su ordenador
-
- 500 euros,
serían 520 dólares- me comenta
-
- Bien -digo-
mientras coloco en el mostrador 9 billetes de 50, 2 de 20 y 1 de 10
Ella los recoge, los cuenta dos veces y los mete en el interior de un cajón
El joven que hay detrás de la chica y que hasta entonces no ha dicho una
palabra me pregunta
- -
¿A dónde
viajas?
- -
A Angola
- -
Entonces te
daré billetes nuevos, posteriores a 2011 ya que en esos países a veces no
admiten billetes anteriores a esa fecha.
Mientras me dice esto veo que el hombre observa detenidamente cada billete
y va formando dos montones.
Mientras el hombre separa mi dinero, miro como la fila de gente que
aguardaba delante de la puerta 36 se ha puesto en marcha y avanza perezosamente
y como las personas una vez chequeado su billete se pierden por la puerta
camino del avión.
Quinientos y quinientos veinte termina de contar el hombre los billetes. Te
los meto en un sobre, me dice el hombre que me entrega un sobre azul y el
recibo. Cuento el dinero y firmo el recibo
Dejo la oficina de cambio y tras cinco pasos me coloco de nuevo en la fila
que ahora avanza con fluidez, detrás mío se coloca una chica que esta absorta
en su whatsapp.
Avanzo por el pasillo del avión mientras busco mi asiento. Llego y observo
que me ha tocado ventanilla. Suelo preferir pasillo para poder estirar las
piernas, pero al ser un vuelo corto tampoco es que me importe mucho. Tras colocar
la mochila en el maletero, me siento y me abrocho el cinturón. Poco después se
oye el saludo del comandante dándonos la bienvenida a bordo e informándonos de
que por problemas con los slot de
salida, despegaremos con quince minutos de retraso pero que intentaran
compensarlos durante el vuelo. Dejo de prestar atención y me concentro en ver
como cargan las maletas en la bodega del avión. Una pareja chico y chica que,
vestidos con monos de faena, guantes, botas de seguiridad y protegiendo sus
oídos con unos auriculares antiruido, cogen las maletas de los carros y los
ponen en la cinta transportadora que los eleva hasta el interior del avión. Me
esfuerzo por ver si entre todas las maletas que van llegando distingo la mía.
La chica, que parece la jefa del dúo, de vez en cuando habla por medio de una
radio con alguien invisible y aparta una maleta del grupo y la deja fuera a pie
de pista, donde ya hay un par de maletas más. Me pregunto si es una parte del
cupo de maletas que obligatoriamente se deben perder todos los días en todos
los aeropuertos del mundo. Me fijo en las cuatro maletas que han separado y que
ahora abandonadas en medio de la pista parecen niños a los que han separado de
sus padres. Aliviado compruebo que ninguna es la mía.
Con un seco ruido metálico, las puertas del avión se cierran y por la
ventanilla observo como los pilotos hacen las rutinarias comprobaciones con los
frenos y los flaps de las alas. Mientras en los pasillos la tripulación nos
ofrece el acostumbrado espectáculo de cómo debemos abrocharnos el cinturón, que
hacer si cae la mascarilla de oxígeno en caso de despresurización de la cabina,
o los protocolos a seguir en caso de amerizar. Nadie, yo incluido, presta la
más mínima atención
Comenzamos a rodar por la pista, un par de minutos después cambiamos de
pista y rodamos un par de minutos más hasta llegar a la otra punta del
aeropuerto y ponernos en la cabecera de la pista desde la que despegaremos.
Paramos y poco a poco el ruido de las revoluciones de los dos motores Rolls
Royce que lleva la nave va creciendo hasta que de repente con un brinco el
avión comienza a correr por la pista, cogiendo cada vez más velocidad y cuando
ya crees que no es posible ir más deprisa, el aparato aún acelera más y sientes
como la aceleración te pega al asiento, momentos después notas como el avión se
ha desprendido del suelo y comienza pesadamente a elevarse. Reconozco que ese
momento, justo cuando las ruedas dejan de tocar tierra y el aparato comienza a
elevarse es el instante que más me gusta del vuelo. Poco a poco vamos ganando
altura y giramos a la derecha. Mientras ascendemos los edificios, los
almacenes, los talleras, las fábricas, las carreteras y los vehículos que
transitan por ellas se van empequeñeciendo y transformando en el decorado de
una maqueta. Cambiamos de escala, ahora vemos regiones enteras de tierras
sedientas , exhaustas, campos de cultivo que no acaban nunca , de colores
ocres, el marrón en todos sus tonos, del más oscuro al más claro, se mezcla con amarillo oscuros y asemejan la
paleta de un pintor de la vanguardia rusa de los años veinte del pasado siglo
este mundo parduzco y algo triste solo se ve roto aquí y allá por algunas motas
de verde que indican bosquecillos o revelan el cauce de un rio o un campo de
golf.
No hemos terminado de ascender, cuando se apagan las luces que indican que
se debe estar con el cinturón abrochado y ya hay gente que se levanta presurosa
para ir al baño. Siempre me ha maravillado esas personas. ¿Acaban de recordar
que no han ido al baño antes de embarcar? ¿Se ponen nerviosas en el despegue y
ahora van a celebrar que estamos en el aire aliviando su vejiga? ¿Es una
sociedad secreta, preocupada por la limpieza de los baños de los aviones cuyo
objetivo es utilizar los baños los primeros, antes que el resto de los
pasajeros? Realmente no lo sé muy bien ero creo que debería hacerse un estudio
sobre ellas y también sobre aquellas otras que en lugar de ir al baño, en
cuanto es posible se levantan, abren el maletero y comienzan a rebuscar su
maleta o bolsa para sacar un jersey o una rebeca. ¿Acaso no saben que siempre
hace algo de fresco en los aviones?
Seguimos ascendiendo y acabamos sumergiéndonos en un mar de nubes. Aunque bien
pensando deberíamos buscar un término nuevo a la acción de introducirnos en las
nubes por debajo ya que realmente no nos introducimos desde arriba hacia abajo,
que es el significado natural si no que lo hacemos al revés de abajo hacia
arriba. Durante unos instantes pareciese que flotásemos en la nada, rodeados
por una luz lechosa compuesta de inasibles hilos de vapor de agua que se
separan a nuestro paso y vuelven a unirse detrás nuestro. Por un instante
imagino que algo así debe ser el limbo, un no sitio, sin ayer, sin mañana, sin
día, sin noche. Al poco reaparecemos por encima de la capa de nubes, que a cada
instante se van alejando de nosotros para quedar debajo nuestro. Seguimos
ascendiendo. A final volamos entre un suelo formado por las nubes, blanco y
uniforme que se extiende como un campo nevado hasta el horizonte y el techo que
es el azul oscuro del cielo, No hay nada más. La magia de esta belleza casi primigenia
solo la rompe la sombra de nuestro avión que se forma debajo nuestro en el
campo nevado.
Señores pasajeros, dice el comandante por megafonía y me saca de mis
pensamietos, en breves instantes aterrizaremos en el aeropuerto de Paris-Orly.
Comenzamos a trazar círculos, mientras descendemos nos introducimos, ahora
sí, en el campo de nubes que aquí son más oscuras que en España. Al reaparecer
los ocres castellanos ha sido sustituido por los verdes parisinos, Se ven campos
cultivados de centeno, bosques de grandes árboles interrumpidos únicamente por
la mancha amarillenta de algún campo de trigo. Al descender las granjas, las
escuelas, los hoteles, las fabricas vuelven a tomar dimensiones reales y dejan
el mundo de la irrealidad para volver a tener una escala humana. Unos minutos después
estoy despidiéndome de la azafata y andando hacia el terminal en busca de mi
maleta.


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