MALPARTIDA DE CORNEJA
Trazando un amplio arco, abandonamos
la autovía y avanzamos ahora por la carretera nacional. Rápidamente vamos
dejando a nuestras espaldas las viejas y altas murallas, símbolo de la ciudad, que
se van empequeñeciendo en el retrovisor hasta acabar pareciendo un castillo de
juguete. Viajamos en dos coches y mirando por el retrovisor una vez más, comprobamos
que el otro auto nos sigue. En el vehículo en el que viajo, los adultos charlamos
animadamente sobre todo y nada a la vez; el grupo de consumo, la huerta, el
consumo responsable y la vida en general, mientras los niños juegan en los
asientos traseros de la gran furgoneta y el reproductor de cd’s desgrana los sonidos
mestizos y reivindicativos de Lengualerta.
La carretera recta, amplia, con buen
firme discurre entre prados insultantemente verdes, salpicados de miles de
florecillas blancas, amarillas, violetas, arroyuelos y ríos ahora crecidos por
el deshielo y semiocultos por bosquecillos donde se mezclan álamos, chopos, y
de vez en cuando algún sauce, todos ellos aún con sus ramas desnudas, esperando
que avance la primavera para cubrirse de hojas. De vez en cuando la carretera cruza
por medio de un pueblo, indistinguible del anterior y tan igual al siguiente,
la misma iglesia con su nido de cigüeñas en el campanario, las mismas casas
modestas construidas en piedra y ladrillo, las mismas calles vacías, la misma
sensación de irrealidad, la misma fábrica de embutidos y jamones a las afueras
que incluso comparten parte del nombre, recuerdo quizás de alguna etapa de la
lejana reconquista. A lo lejos enmarcándolo y poniéndolo todo en perspectiva,
nos acompañan inmutables las altas estribaciones de la sierra de Gredos con restos
de nieve aun en sus neveros y picos mas altos.
La carretera empieza ahora a doblarse y
a empinarse sobre si misma. A un lado de la misma hay pequeñas vallas levantadas
en piedra y que parecen llevar ahí desde el primer día de la creación, tan
parte del paisaje que son el paisaje mismo, y que guardan pastos donde
indiferentes a todo pacen terneras, de color negro o rubio, que dan fama a la
carne de estas tierras. Al otro lado de la carretea se abre un despeñadero y en
el fondo del mismo se vislumbra el cauce de un rio y un pueblo, que, pese a que
son cerca de las once de la mañana de un magnifico y luminoso día primaveral,
sigue sumido en las sombras. Según vamos ascendiendo, va bajando la temperatura
exterior hasta llegar un momento poco antes de llegar a la cima del puerto en
el pese a estar en el interior del auto, notamos que hace fresco y todos somos
conscientes de que aquí en invierno tiene que hacer frio, mucho frio y que las
pelonas que deben caer por la noche tienen que ser importantes y que un clima
como este por fuerza debe marcar el temperamento y la forma de ser de las
personas. Al poco y mientras con precaución vamos descendiendo, las
temperaturas se van recuperando hasta terminar por encima de los 20º una vez
que la carretera se amansa y vuelve a ser una inacabable y recta cinta negra.
Miro por la ventanilla y ante nuestros ojos se ofrece nuevamente el paisaje netamente
reconocible, tierras ahora verdes esperando ser labradas seguidas de tierras
yermas de donde sobresalen rocas oscuras aquí y allá, pequeños arbustos en
medio de la nada, de esta parte de Castilla.
Tomando un desvío a la izquierda
abandonamos la carretera nacional y circulamos por una carretera local. Peor señalizada, peor conservada, el asfalto más
ruidoso, pero igual de recta que la nacional. Es un trayecto breve apenas cinco
kilómetros en el que vemos decenas de cigüeñas que, con sus largas patas y
picos, buscan su alimento entre los encharcados prados. A nuestra derecha según
el sentido de la marcha corre el rio Corneja según reza un cartel que está
colocado en un lateral del puente con el que lo salva la carretera.
Seguimos las indicaciones que nos
envían por “guasap” y entramos al pueblo. Un pueblo tan pequeño que ni siquiera
tiene una fábrica de embutidos o de muebles a las afueras del mismo, con calles
de cemento y paisanos sentados en un poyo junto a la puerta metálica de su casa
y que, saludan con un gesto de bastón a la pequeña caravana de coches que les
ha invadido en esta mañana de primavera. Su nombre, en mayúsculas, está escrito
en letras negras sobre un fondo blanco con ribete rojo en una placa a la
entrada “Malpartida de corneja”. Es un pueblo como otros muchos de la España
agonizante. Cien habitantes en verano, sesenta en invierno, el médico que pasa la consulta dos días a la semana, sin niños, en el que no
hay comercios y toda la compra se debe hacer en el pueblo de al lado, más grande
y poblado, y donde su única diversión aparte de ver la televisión son los
sermones del cura los domingos. Pero son pueblos en los que lucha gente joven
por sacarlos adelante, que buscan formas de mantenerlos con vida, que se
implican en proyectos que tengan más calado y recorrido que el socorrido
turismo rural. Gente como nuestro anfitrión, que nos está esperando de pie al
lado de su inconfundible camioneta blanca, frente a la puerta de una casa,
blanca y de puerta metálica, situada al final del pueblo, cerca del rio, y a
él, le conocemos como “el ruso”.
El ruso cuyo verdadero nombre es
Jesús, nació en este pueblo hace unos treinta y pico de años, de pelo moreno y
aspecto agradable, usa gafas aunque lo oculte con el uso de unas lentillas y físicamente
no es ni demasiado alto ni excesivamente delgado. El mote se lo pusieron, según
nos contará después, en su juventud debido a sus simpatías izquierdistas,
simpatías que no le han abandonado desde entonces. Descendemos de los coches y le
saludamos con los habituales abrazos y besos. Nos hace entrar en la casa, donde
dejamos las cosas. La casa era el antiguo despacho de pan de su padre y ahora está
ocupada en parte por su octogenario y, como el estruendo que sale de la tele
nos permite adivinar, sordo tío. Jesús
nos comenta que desciende de una estirpe de panaderos, su padre era panadero y
antes que él, su abuelo ya hacia pan en el pueblo, oficio que a su vez aprendió
de su padre. Ahora ya no se hace pan en el pueblo, y hay que ir al pueblo
vecino, Piedrahita, a conseguirlo. Pero que no se haga pan, no quiere decir que
el viejo horno de leña ya no funcione. Si bien ya no hace olorosas hogazas, ni ricas
barras de blanco pan castellano ahora se dedica a hacer madalenas, mantecados y
bases de pizzas, todo ello elaborado con componentes ecológicos y de comercio
justo que esos y no otros son los productos que Jesús junto con su amigo Jaume
ofrecen en su proyecto y es por lo que nosotros los conocemos. Son los
proveedores de nuestro grupo de consumo de estos productos en particular. Así
resulta que Jesús, aunque haya estudiado veterinaria, es la cuarta generación
de la familia que trabaja el horno familiar
Llegamos a la casa y nos paramos al
lado del rio, el Corneja, que corre a escasos 10 metros de la vivienda, es un
rio estrecho, no más de cuatro metros de ancho y ahora enteramente cubierto de
florecillas blancas. Observo también en un indicador de la buena salud del rio,
como sus orillas están llenas de borujas. Desde la orilla contraria dos burros
nos miran indolentes, inmersos en su mundo. No son pequeños, ni suaves, ni
siquiera parecen de algodón, son solo una pareja de animales de color gris y
negro respectivamente y de grandes orejas que hasta hace no tanto dominaban el
paisaje de los pueblos de España y ahora están en peligro de extinción.
Ya en la casa, frente al horno y junto
a una gran y maciza mesa de madera y mientras vamos preparando las pizzas, casi
todas vegetales: tomate, cebolla, pimiento, queso salvo una que será de carne y
tomamos unas cervezas, Jesús nos va contando cosas sobre el horno. Es un horno
de obra, bastante grande por lo menos para mí que nunca he visto un horno de
este tipo antes. Nos dice que lo construyo su abuelo, que la mejor leña, la que
da más temperatura y dura más, es la de encina, que necesita una pequeña
reparación y está pensando en hacer una colecta entre todos los grupos y gente
a la que vende sus productos, aunque la palabra que realmente dijo fue
“crowfoundng”, para repararlo. Con unas inmensas palas que descuelga del techo,
mueve y coloca las pizzas dentro del Horno. Una vez terminada la tarea, las
palas vuelven a su lugar en las alturas.
Abrimos unas cervezas más, nos cuenta que su
afición por el baloncesto viene de que cuando era pequeño en el pueblo no había
niños suficientes como para hacer un equipo de futbol y entonces tuvieron que
hacer un equipo de baloncesto o, sacando de un cajón de la gran mesa unos pequeños
papeles con cantidades impresas en el dorso, nos dice que son vales y que hace
muchos años su padre los utilizaba de la siguiente forma. Cuando venía alguien
del pueblo con harina, su padre le entregaba un vale por la cantidad exacta de harina
que le habían entregado para hacer pan y luego una vez su padre había amasado y
horneado el pan, lo iban cambiando por el producto elaborado. Según van
saliendo las tandas de pizzas y sin darlas tiempo a que se enfríen, las
partimos y las vamos comiendo con buen apetito y con la ayuda de las palas vamos
metiendo otras en el horno, predomina el buen ambiente y las risas. En un
momento dado nos cuenta también los dos orígenes que se manejan para el nombre
del pueblo. Lo de Corneja está claro, pasando el rio por el mismo pueblo, pero
lo de Malpartida no lo es tanto. Una de las historias, más cartesiana y racional,
dice que el nombre viene porque en su momento, se hizo mal la partición del
terreno del pueblo entre las provincias de Ávila y Salamanca y así quedo
indicado en el registro. La otra, mucho menos administrativa pero mucho más
lúdica e interesante, indica que el nombre viene de cuando los pastores
trashumantes abandonaban el pueblo con sus rebaños después de una noche de
juerga y en la que había corrido vino en abundancia, con lo que, a la hora de
la partida, las condiciones de los zagales no eran las mejores para proseguir
su viaje. Cada uno pude elegir la que crea más veraz, pero todos nosotros, los
once que somos no tenemos duda de cuál es la que preferimos.
Hemos dado buena cuenta de las pizzas
he incluso ha sobrado algún pedazo y decidimos dirigimos a Piedrahita, el
pueblo vecino, grande y poblado. Allí, nos sentamos tranquilamente en la plaza,
en una terraza a la sombra de los soportales, degustamos un café y comentamos
las bonitas casonas antiguas que forman la plaza del pueblo, su iglesia y su
fuente. Al rato, una vez descansados Jesús nos propone subir al cercano puerto
de Piedra Negra. Aceptamos la sugerencia y nos montamos de nuevo en los coches saliendo
del pueblo. La carretera es estrecha, incomoda y empinada y gira y se retuerce
sobre sí misma como si de una serpiente se tratará que quisiera abrazar a los
vehículos y a nosotros con ellos, entre sus anillos. Cruzamos por delante de viejas
granjas y nos paramos para ver gargantas rebosantes de agua según ascendemos,
se comienzan a ver los primeros restos de nieve sucia en los sombríos de las
cunetas. Aparcamos cerca de la pista de parapente y ala delta a 1900 metros de
altitud.
Corriendo un cerrojo abrimos la
cancela y pasamos al otro lado de la valla. Caminamos por la cima de la
montaña. Al poco nos cruzamos con los primeros grandes montones y restos de
nieve, increíblemente limpios y sin mancillar, los críos no tardan ni un minuto
en meterse a jugar y comenzar entre ellos y sus padres una batalla de bolas de
nieve, los adultos más tímidos o quizás mas cohibidos cruzamos la gran mancha
de nieve por un lateral sin detenernos. Estamos en lo mas alto de la montaña, y
la naturaleza nos ofrece un paisaje majestuoso, impresionante. A nuestros pies,
se extienden las provincias de Ávila, de Cáceres y de Salamanca, y frente a
nosotros los altos picos, cubiertos de nieve, de la sierra de Francia y la
sierra de Gredos donde sobresale sobre todos los demás el Pico del Moro
Almanzor. El sol comienza a declinar y dota a todo de un color especial. El
suelo, está cubierto de pequeñas florecillas, blancas y amarillas, que nacen en
la zona donde la nieve derritiéndose se fusiona con el duro terreno de la zona
y donde ya no hay nieve, esta todo cubierto de plantas verdes y marrones de
diminuto tamaño y hierbas adaptadas al frio clima de estas cumbres. Plantas que
encubren un suelo formado por turberas de un color oscuro casi negro. En las
ondulaciones y hoyos del terreno se han formado charcas donde compiten por
sobrevivir larvas de insectos, de renacuajos y de tritones. Durante unos
instantes, todo queda en silencio, los críos han dejado de hablar o están lejos
y nosotros tampoco comentamos nada. Es sobrecogedor, no se oye nada, ni
siquiera nuestros pasos, solo el sonido del frio aire que siempre sopla aquí.
Es la naturaleza en su estado más puro, sin adornos, sin intervención humana.
Muy por encima de nosotros la figura de un águila vigilante nos sobrevuela.
Quizás ha pasado hora y media de paseo
cuando decidimos volver hacia los coches. Lo hacemos despacio, como queriendo
llenar, nuestra mente, nuestros pulmones, nuestros oídos, con los últimos
recuerdos del día, con el último aliento del fresco aire, con el ultimo verde
de la hierba o con la última visión al macizo montañoso. En el aparcamiento
contrariamente a unos instantes antes, todo es vértigo y velocidad. Rápidamente
nos dividimos y nos despedimos. Parte del grupo se dirige directamente a Madrid
y otros llevaremos a Jesús a su casa a Malpartida.
Después de dejar a nuestro anfitrión en
su casa y aprovechando la última luz de la tarde decidimos dar un pequeño paseo
por Malpartida, pequeño no porque no quisiéramos ver el pueblo si no por que no
da para más. Cuatro calles, sus casas humildes, sus patios cerrados por una
gran puerta ondulada de color verde, una iglesia- bonita eso sí- ocupando
el lateral de la plaza y una triste fuente, de la que mana un chorrillo de
agua, frente a ella. Casi lo que viene siendo un pueblo español de toda la
vida, si no fuera porque ni siquiera tiene un bar. El único bar que había ahora
es la vivienda de nuestro panadero. Poco
después estamos haciendo el camino inverso a la mañana, las mismas terneras en
los mismos pastos protegidos por las mismas vallas de piedra, los mismos viejos
pueblos con las mismas casas, las mismas fábricas, la misma vieja ciudad
amurallada, solo que ahora todo se difumina en la oscuridad. Después de un rato
de conducción nos incorporamos a la autopista de múltiples carriles que con su
incesante tráfico, su infinidad de luces que enmascaran y espantan la oscuridad
que hasta hace poco nos rodeaba, con sus laterales cubiertos de restaurantes,
gasolineras, sus modernos edificios de
oficinas, sus anuncios de multinacionales y sus urbanizaciones sin fin, nos
anuncian que llegamos a la gran ciudad.
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