QUISSAMA III
África, una vez más se vuelve a
imponer. Estamos parados ante la única de las de las cinco cabinas que está
habilitada para pagar el peaje de la autopista, cuando una cabra que no se sabe
muy bien de donde ha salido se pone a deambular por entre los carriles vacios. El
animal cruza por delante de nuestro coche y se para en la isleta de cemento que separa nuestra cabina de la siguiente, después
como si tuviera miedo y muy despacio baja, olisquea y se pone a mordisquear las
hierbas que crecen entre las grietas del asfalto. Pagamos y seguimos nuestro
camino. Cruzamos el gran puente ahora por su parte superior y contemplamos desde arriba las aguas que hemos navegado no hace mucho, pasamos por
delante de donde está colgada la barcaza donde están los obreros que siguen pintando
el puente. Casi me dan ganas de pedir
que paremos y saludarlos.
Al poco llegamos a la entrada al
parque nacional de Quissama,
estacionamos mientras el guía saca las entradas, vemos unos pequeños monos de
color negro, rebuscar entre el montón de basura, latas botellas de plástico,
restos de comida, que hay en el aparcamiento. Una vez con las entradas en la mano nos
ponemos nuevamente en marcha. Avanzamos por el interior del parque unos 10 ó 15
minutos hasta llegar a una zona de edificios que permiten pasar la noche dentro
del parque. Es la última oportunidad que
tendremos de ir al baño hasta que volvamos a Luanda. Todos bajamos del coche. A.
me comenta que había pensado que hiciésemos noche ahí pero que antes quería ver
cómo eran las instalaciones. El lugar es precioso. Floridas buganvillas de
flores rojas y amarillas cubren las paredes. El comedor es sencillo pero agradable, con
amplias ventanas de medio punto que permiten ver el paisaje, en una esquina hay
una chimenea con unos troncos ardiendo. Hay una mesa ocupada por una pareja de
media edad, ambos indudablemente angolanos, que disfrutan de una botella de
vino. Nos enteramos que todas las noches hay un concierto de música en vivo. Salimos
y nos acercamos al mirador. El rio Kwanza
ancho, interminable se extiende a nuestros pies, vemos la selva que hace poco
nos agobiada y rodeaba y vemos los campos de cultivo que se extienden más allá de ella. Al fondo a la derecha perdido en la paisaje se
ve un pequeño pueblo.
Nos volvemos a reunir y
descubrimos que a nuestro vehículo le han quitado la lona que cubría el techo y
que podemos viajar de pie. Vemos también
un guardia armado con un kalashnikov sentado
en el asiento del copiloto. El guía nos comenta que por motivos de seguridad, para
evitar ataques de algún animal salvaje, nos acompañará durante todo el viaje. Miro
a A. con incredulidad, ella hace un gesto de resignación con sus manos, nos reímos
y montamos en el coche.
Avanzamos por caminos
polvorientos, altas hierbas crecen al borde del camino, según nos introducimos
en la reserva vemos solitarios baobabs y bosquecillos de acacias. Reconozco que
esto nervioso, inquieto por la posibilidad de ver animales en libertad. Al poco
de entre la maleza veo surgir el cuello largo de una jirafa. Su andar es
tranquilo y elegante, le siguen otras dos jirafas algo más pequeñas, se acercan
a las acacias y sin preocuparse de nosotros mordisquean las hojas de los
espinosos arboles. El coche disminuye la velocidad, mientras nosotros disparamos
fotos sin parar. La agitación se apodera
de los cuatro turistas. Avanzamos despacio y las jirafas van quedando atrás.
Según avanzamos nos cruzamos con otros grupos de jirafas, nunca más de tres o
cuatro ejemplares en cada grupo. Vemos un grupo numeroso de gacelas. Son
animales gráciles de color marrón claro con el vientre blanco y una gran franja
negra separando el marrón del blanco y una pequeña cola de color oscuro que
mueven incesantemente. Los machos están adornados
con dos largos cuernos, mientras que los de las hembras son diminutos o
inexistentes. Ramonean tranquilamente las secas hierbas. Avanzamos entre altas
hierbas y unos árboles de tronco no muy
grueso que solo se ramifican en su copa. El guía nos comenta dice que se llaman
miombos y que son endémicos de la
sabana africana, también nos explica que tienen la particularidad que a pesar de
ser de hoja perenne y dependiendo de la estación sus hojas cambian de color,
siendo rojizas o marrones en el periodo seco y verde en el periodo húmedo. Pese
a ser octubre y que el cazimbo, del
periodo seco, debería haber terminado ya las hojas de los arboles lucen de un
color marrón.
Preguntamos si en el parque hay
leones, el guía nos dice que no, pero que están en contactos con el gobierno de
Kenia para reintroducirlos. Entra los arbustos vemos un grupo de Ñus. Me sorprende
un poco ver los delgados que están, se les notan las costillas, aunque imagino
que es que son así y soy yo que se había hecho una idea equivocada de estos
animales que rápidamente se pierden entre los arbustos de la sabana. El guía nos propone ir a buscar elefantes. Todos aceptamos encantados. Nos salimos del
camino marcado y nos introducimos entre los altos matorrales por una estrecha
senda apenas visible. Cuando digo altos no exagero, las hierbas llegan hasta la
parte superior de la ventanilla del todoterreno. Cruzamos bajo las ramas de un árbol
donde hay una pareja de monos despiojándose. Llegamos a la orilla del rio pero nada, siguiendo
las indicaciones del guardia el coche recula, gira y avanza en otra dirección, la
vegetación cada vez es más tupida y densa, los matorrales y cañas golpean con
fuerza los laterales, realmente no sé como el conductor sabe el camino que debe
seguir . Avanzamos por medio de la sabana, no se ve que sigamos ningún camino o
sendero hasta llegar a un pequeño bosque de arboles, sonde según el guía se
vieron elefantes hace un par de días. Escrutamos el horizonte con los prismáticos.
Vemos aves y mas gacelas de diversos tipos, pero ningún elefante. Pienso que el
elefante no es un animal tan pequeño que no lo viésemos a simple vista. Al
final nos damos por vencidos, parece que los elefantes se han ido a otra parte
del parque algo más alejada.
Empezamos a regresar, el sol se
pone se empieza a poner tras nosotros dejándonos un atardecer impresionante, con un cielo limpio que parece arder, todo lleno de amarillos. Al paso
del coche salen corriendo asustados de entre los matorrales una familia de jabalís
verrugosos. Poco después y como si quisieran despedirse una familia de jirafas, sale a nuestro paso y
se recorta su silueta sobre el atardecer.
Es noche cerrada cuando salimos
del parque y nos dirigimos de vuelta a Luanda. Viajamos en silencio. Según nos
acercamos a la ciudad el tráfico se incremente hasta quedar atrapados en un
embotellamiento a la entrada de la ciudad, justo al lado de un nuevo y gigantesco
centro comercial. El centro de dos plantas de altura pero muy ancho y largo s es
feo y hortera como el solo, luces de neón de color rosa y azul recorren la
fachada, a la entrada una fuente con delfines también hechos en neón dan la
bienvenida a los posibles clientes. Vemos el precio de alquiler de los locales
desde 500 $ el m2. Así que ya sabéis, si
estáis pensando en poner un local en un centro comercial a la ultima en Angola
estos son los precios que se manejan.
Por fin entramos en Luanda por la zona de Quinanga, una zona de condominios para gente con posibles y
concesionarios de marcas de lujo y tras
pasar Chicala, una zona de chabolas y
pobreza extrema nos dirigimos hacia el
centro de la ciudad para dejar a los alemanes en su hotel de 4 estrellas. Tras despedirnos
de ellos, el coche se dirige ahora a dejarnos en nuestra casa. Nuestro barrio
no está lejos del hotel de los alemanes y llegamos en poco tiempo. Les pedimos
que nos dejen en la esquina de nuestra calle ya que nos queremos tomar una
cerveza antes. Nos sentamos y nos pedimos dos Cucas, nuestra marca preferida de cerveza angolana. Son cerca de
las 8 de la tarde cuando llegamos a casa y estamos realmente cansados. Aun así
Adri tiene que responder unos correos del trabajo. Tarda el tiempo que yo utilizo
en darme una ducha. Al poco nos quedamos dormidos, arrullados por la música electrónica
con la que siempre nos deleita nuestro vecino D.J., que siempre parece tener
fiesta en su casa.
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