Granada II







El viernes, amanece perezoso. El día se presenta  gris y llueve ligeramente,  y  nos cuesta salir de la cama, nos cuesta desperezarnos. Con calma nos levantamos y preparamos el desayuno mientras  charlamos en la pequeña sala de estar. Cuando por fin nos decidimos a salir, pasamos la mañana andando sin prisa, sin rumbo definido, dejándonos llevar, confundiéndonos entre los cientos de turistas que rodean la catedral, tan así que ni siquiera las gitanas que venden romero se fijan en nosotros. Nos cruzamos con decenas de grupos de turistas, que siguiendo  presurosos a  su guía que porta una banderita de un color definido parecen patitos recién nacidos. En nuestro andar, oímos la misma explicación en varios idiomas, cruzamos plazas que en algún momento fueron bonitas y ahora yacen ocultas bajo decenas de sillas y mesas que se extienden hasta el mínimo rincón. Vemos  tiendas que tiempo atrás fueron el alma del barrio, ocupadas ahora por tiendas de recuerdos o de especias.  Nos paramos a oír como un borracho toca su guitarra. Compramos una pequeña jarrita de barro en una tienda de artesanía.  Paramos a comer en alguno de las decenas de restaurantes árabes que hay en el Albayzin. En definitiva, hacemos lo que cualquier turista.


La tarde comienza distinta o puede que no.  En un bar me diréis los que me conocéis, y en efecto  no puedo negarlo, la hemos pasado en un pequeño bar que en algún momento, como atestiguan las pinturas de las paredes,  fue la capilla de una casa señorial,  con una copa en la mano seguiréis adivinando y yo os diré también, pero si sirve de coartada, comentar  que lo hacemos mientras disfrutamos de  un pequeño concierto de guitarra y contrabajo, que ofrece una pareja brasileña-italiana. Suena desde la popular tarantela a Joaquín Rodrigo. En el segundo intermedio, decidimos irnos   y salimos a la calle. Ha anochecido y hace fresco, así que mientras recomponemos nuestra ropa de abrigo y nos aclimatamos a la temperatura exterior comenzamos  nuestra subida para ver los palacios nazaríes.  

Si fuera un romántico viajero inglés del siglo XIX, disfrutaría de la subida. Arboles con sus hojas moteadas en cualquier tonalidad de marrón, amarillo  y rojo por el otoño, el caminar arropado por el murmullo alegre del agua que corre por las acequias, el camino jalonado por efigies  de insignes escritores, bancos y fuentes realizados en piedra que proporcionan a la subida un aire melancólico …. Pero claro vivimos en el siglo XXI y no soy  ni viajero, ni romántico y ni siquiera inglés. Hace rato que anocheció por lo que fuera del sendero iluminado por pequeñas luces no se ve nada, la fina lluvia que nos cala  hace que  el camino de tierra esta resbaladizo y aunque corto es muy empinado por lo que no disfrutas del sonido del agua, sino que andas oyendo  los bufidos y resoplidos de unas turistas catalanas que también suben a pie y  que tapan los tuyos propios  y de los bancos lo mejor que podemos decir es que están estratégicamente situados para proporcionar un respiro aunque están mojados.

Por fin hemos llegado a la cima, cruzado la puerta y para hacer tiempo vagabundeamos en la gran explanada que hay delante del palacio de Carlos V. Me fijo en un gato que tranquilo cruza el patio para perderse entre los parterres. Pongo un poco mas de atencións y veo que el gato no está solo que hay varios, me acerco a ellos y veo un pequeño cartel que indica que la colonia gatuna, está siendo monitorizada y que forma parte de un experimento de control poblacional por parte del ayuntamiento. 

Por fin vemos que la cola se forma y la gente comienza a perderse escaleras abajo. 

Y ahora llega lo difícil, como explicar lo que se construyo no para ser descrito, sino para ser gozado, como hacerlo sin desmerecer el lujo, la exuberancia, la belleza de patios, paredes, jardines y estancias. ¿Quién de verdad puede decir que conoce la alhambra? ¿Quién cree que conoce todos los poemas que se ocultan en sus paredes?¿cómo describir a  al detalle  todas las filigranas que adornan sus columnas sin deslucir el trabajo de los artesanos, que tan grácilmente unieron palabras y naturalezas?. Paseando esta noche por sus galerías repletas de arcos, cruzando sus decoradas puertas, oyendo el susurro de sus fuentes sé que yo no soy ese quien y tampoco conozco el cómo.  Me es imposible apresar con palabras lo que por definición es   inaprensible, describir lo que se escurre entre los intersticios de las palabras cómo si fuera agua entre los dedos de las manos, capturar en papel lo que los ojos ven y la mente no es capaz de comprender y por último, ¿es  posible capturar el espíritu de algo que no está vivo y sin embargo es un canto a los sentidos, una oda a la vida, al disfrute, a la lujuria, al hedonismo al fin? Decidme sino que significa ver  el reflejo de la luna en el estanque que divide en dos mitades simétricas el patio de los arrayanes, o como ver desde el lado sur del miso estanque la imponente torre de los Comares bañada por esa pálida luz lunar que a la vez que realza su rojiza piel  la dota de  una sensación   de liviandad, que engarza sin estridencias  con la sensación de irrealidad  que envuelve todo el recinto.  

 Reconozco que aprovechando la oscuridad  que proporciona la visita nocturna  caigo en pecado. Estoy en el patio de los leones y mis sentidos están ocupados, oigo el rumor del agua cayendo de la boca de los 12 leones y que pese a su sutilidad, llena todo el recinto por encima de las voces de los visitantes, mientras mis ojos intentas descubrir entre la exuberancia de la escritura cúfica, las palabras que allí se  alojan y entonces mis manos ajenas a mí, durante un milisegundo, tocan una columna y en ese breve instante y a través de ellos siento el frio del mármol, la rugosidad de los arabescos, puedo sentir el aroma de los vecinos jardines, la untuosidad de plantas y flores y llego a comprender el porqué  del lloro de Boabdil, el último rey de la dinastía nazarí, y comprendo el motivo del llanto. Que no es por perder un reino, terrenal al fin, sino por  tener que abandonar el paraíso expulsado esta vez por la espada no flamígera si no de acero toledano de las huestes cristianas.  

Terminamos la visita entrando al  magnífico palacio que Carlos V se hizo construir como residencia imperial.  Dentro y tras pasar el museo de esculturas, nos recibe  un patio circular de dos plantas rodeado todo el de columnas, que  se inscribe en una fachada cuadrada. Subimos a la segunda planta por una imponente aunque sobria escalera. Allí contemplamos el cielo abierto  y durante un rato intentamos recordar nuestro años escolares y adivinar el orden de las columnas,  pero está claro que no fuimos buenos estudiantes. No sé porque, ni a que es debido, pero  allí arriba viendo el enlosado patio se me hace que así debía ser el hogar del minotauro. Precioso, frio, distante: La geométrica disposición de paredes, la sobriedad de sus arcos, columnas, escaleras ventanas e hileras de piedra, el uso del mármol crudo, hace para mí de contrapunto  austero  y perfecto frente a exuberancia árabe de los palacios nazaríes. Para que no os quedéis con la duda las columnas responden al a orden  jónico en el patio inferior y toscano en el superior   





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